viernes, 12 de diciembre de 2014
Documental El camino al éxito 11 de diciembre del 2014
Un gran trabajo realizado por personas identificadas con la tarea de crear un mundo mejor.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Adiós a las navidades...
Era temprano, salí de mi habitación y me dirigí a la sala. El mueble rojo estaba pegado a la pared, frente al televisor. Me senté en un extremo y estuve en silencio sin decidirme a encenderlo. Habrían pasado unos 10 minutos, absorto en mis pensamientos, cuando ingresaron mis padres. Era fines de noviembre y ya se sentía la navidad por todos lados. Mamá y mis hermanas decoraron la casa con los adornos de la época que tenían de años anteriores. Recuerdo que el árbol era de un palo de escoba que ella misma había forrado con papel metálico plateado y las ramas estaban confeccionadas de fierros forrados de igual manera, con ciertos detalles que lo asemejaban a las hojas. El nacimiento tenía mejor presencia. En esto, yo les había ayudado. Conseguimos unas cajas en la tienda de don Cruz y mamá compró papeles navideños en el mercado. Solo tres porque el presupuesto no era muy bueno. Todo lo colocamos sobre una mesita y lo pegamos en un rincón. El árbol se colocó a un costado. Imaginaba por dónde entraría Papá Noel, si no teníamos chimenea. Mis padres se detuvieron frente al nacimiento. Parece que no se percataron de que yo estaba allí. Hablaban de muchas cosas. no recuerdo cuáles. Hace algunos meses, paseando por el mercado con mamá, vi un carrito azul con llantas negras enormes. Desde ese día, no dejé de pensar en que Papá Noel debería traerme uno. Por eso cuando noté que no teníamos chimenea, me preocupé. Revisaba toda la habitación con la mirada mientras mis padres conversaban sus cosas. Miraba el nacimiento y el árbol. Empecé a recorrer el techo. Mis ojos se hicieron enormes cuando vi una pequeña abertura en una esquina. Era muy pequeña y según había visto, Papá Noel era muy gordo. Ni yo podría pasar por allí. Y si ponía una notita por la parte de afuera en la que pedía a Papá Noel que pase mi regalo por el agujero y lo descienda con una pitita. Yo no me molestaría si no lo encuentraba al pie del árbol. ¿Y si Papá Noel no trae una pitita? Entonces, tengo que adicionarle una pitita a la nota. Esa parte esta solucionada. Ahora, cómo llego al techo sin que mis padres se enteren y sin que me descalabre en el intento. Eso no sería tan sencillo. Podría hablar con don Walter para que me preste su escalera. Solo tendría que esperar a que mis papás salgan de casa e ir a convencer a don Walter. Le diría que mi pelota - la que no tenía - se fue al techo. La escalera era grande, no podría traerla yo solo. Tendría que decirle a don Walter la verdad para que me ayude. ¿Y si no quiere hacerlo? Bueno, tendría que hacer un trato con él. Le voy a pedir un regalo para él también. Pero debe ser pequeño para que pase por el agujero del techo. Espero que Papá Noel entienda. Mamá y papá seguían conversando sin notar mi presencia. Papá la abrazó tiernamente. Me pareció que ella lloraba. Parecía que a papá lo iban a sacar del trabajo. Pero, eso no era para preocuparse porque él conseguiría otro. Mamá seguía llorando. Papá dijo algunas cosas que me desconcertaron. "Este año no podremos comprarles regalos a los chicos". Lo quedé viendo algo confundido. Sentí que mi corazón empezaba a latir con fuerza. Algo no estaba bien. Por qué decían eso si ellos no eran los encargados de los regalos. Miré el agujero y sentí que se hizo mucho mas pequeño de lo que era. Mis papás salieron de la habitación. No podía moverme. El cuerpo me temblaba. La escalera de don Walter se me hacía tan inmensa que creía que ni él podría cargarla. Y que no lo haría ni por todos los regalos del mundo. Esa navidad, me quedé despierto en mi cama. Quería demostrarles que Papá Noel vendría. Dieron las 12 de la medianoche. Me cubrí totalmente. Nada. De repente, se escucharon unos ruidos extraños en el techo... Cerré los ojos, no quise saber lo que estaba pasando. Cerré los ojos. No quise saber de nada.
lunes, 12 de mayo de 2014
Anita
Recuerdo que ella tenía 14 y yo 15. Nos conocimos por intermediación de un amigo. Yo jamás había tenido una enamorada y ella tampoco. Nos gustábamos pero la inexperiecia me hacía no decidirme a decirle lo que sentía y así formalizar nuestro amor.
Siempre la iba a recoger a la hora de salida de la escuela. Su mamá tenía un negocio en la Plaza Mayor. Ella la visitaba todos los días. Entraba, y como yo era algo tímido me quedaba esperándola afuera. A veces, demoraba hasta 2 horas. Yo no me hacía problemas. Bueno, en realidad me incomodaba un poco, sobre todo cuando hacía frío y llovía.
Una vez le conté a mi hermana mayor mi desventura. Ella me dijo que simplemente se lo diga, que las mujeres a veces se aburren cuando un hombre no le dicen las cosas.
Armado de valor, la busqué al día siguiente. Estuve muy nervioso. Ella estaba como siempre. Tranquila. Este día demoro menos. Unos 20 o 25 minutos. Me dijo qque tenía que presentar un trabajo al día siguiente y que tendríamos que irnos rápido. No había tiempo que perder. Llegamos hasta la esquina de su casa que marcaba el límite invisible de nuestra caminata juntos. La detuve y recuerdo que yo temblaba mucho antes de decírselo. Ella me miraba fijamente algo incómoda, ansiosa a la vez. Tomé todo el aire que pude y en la exhalación solté algunas palabras que iban cargadas de todo lo que siempre había querido decirle. Finalmente, se lo dije. Sus ojos expresaron sorpresa absoluta. Me miró y me dijo que lo pensaría. Que me daría la respuesta el miércoles. Era lunes.
Miércoles por la tarde. Serían las 3 y yo ya estaba listo. Ella saldría a las 6.30. Fui a esperarla a la plaza. Me senté en el mismo banco en el que lo había hecho para esperarla hasta el ese día. No recuerdo el clima que hubo, pero sí recuedo que cuando salió del colegio, ella estaba con su uniforme escolar. Su falda gris con tirantes en el pecho, su camisa blanca y su mochila a una costado. También recuerdo que tenía un chalequito rojo que le quedaba muy bien.
La seguí con la mirada hasta que ingresó a la tienda de su mamá. Muchos alumnos paseaban mientras mi corazón se inquietaba al ritmo del paso del tiempo. Las personas empezaron a ser mas escasas. Pocas quedaban en el lugar. Ningun escolar. Oscureció y no salía. Llegué a pensar que se había ido en algún momento sin que yo me percate. Por primera vez en mucho tiempo decidí ingresar a la tienda. El cuerpo me temblaba de solo pensar que tendría que hablar con su mamá. Mil cosas pasaron por mi cabeza. Tomé la decisión. Me puse de pie y enrumbé en su busca. Habré dado dos pasos cuando ella se asomó y me hizo una señal para seguir esperando. Aliviado, retomé mi lugar en el banco decidido a seguir esperando. Pregunté la hora y me dijeron que eran las 8.25. Sin duda, la paciencia me llegaba del cielo. Media hora después, ella, finalmente, salía de la tienda.
Caminamos hasta el límite invisible del que les conté. Detenidos frente a frente, le dije que me diera su respuesta. Me miró algo triste. Bajó la mirada y sonrió de manera nostálgica. Mi corazón volvía a latir de manera acelerada. No pude decirle nada más. Cuando levantó la mirada, su rostro expresaba resignada calma. Yo esperaba su respuesta. Esos segundos me parecieron una eternidad. Dio un paso hacia atrás con intención de salir corriendo. Mis manos y mis brazos no se podían mover. Ella empezó a girar lentamente con dirección a su casa. Cuando el primer pie avanzó, dejó escuchar un leve sonido casi imperceptible. Al momento que entendía el monosílabo, mis brazos cobraron vida y se lanzaron en su busca. Antes de que salga corriendo, pude tomarla suavemente por el antebrazo. Ella fingió resistencia, a la vez que su mirada se clavaba en el suelo. Le pedí que repitiera lo que escuché.
- Sí, te acepto.
Siempre la iba a recoger a la hora de salida de la escuela. Su mamá tenía un negocio en la Plaza Mayor. Ella la visitaba todos los días. Entraba, y como yo era algo tímido me quedaba esperándola afuera. A veces, demoraba hasta 2 horas. Yo no me hacía problemas. Bueno, en realidad me incomodaba un poco, sobre todo cuando hacía frío y llovía.
Una vez le conté a mi hermana mayor mi desventura. Ella me dijo que simplemente se lo diga, que las mujeres a veces se aburren cuando un hombre no le dicen las cosas.
Armado de valor, la busqué al día siguiente. Estuve muy nervioso. Ella estaba como siempre. Tranquila. Este día demoro menos. Unos 20 o 25 minutos. Me dijo qque tenía que presentar un trabajo al día siguiente y que tendríamos que irnos rápido. No había tiempo que perder. Llegamos hasta la esquina de su casa que marcaba el límite invisible de nuestra caminata juntos. La detuve y recuerdo que yo temblaba mucho antes de decírselo. Ella me miraba fijamente algo incómoda, ansiosa a la vez. Tomé todo el aire que pude y en la exhalación solté algunas palabras que iban cargadas de todo lo que siempre había querido decirle. Finalmente, se lo dije. Sus ojos expresaron sorpresa absoluta. Me miró y me dijo que lo pensaría. Que me daría la respuesta el miércoles. Era lunes.
Miércoles por la tarde. Serían las 3 y yo ya estaba listo. Ella saldría a las 6.30. Fui a esperarla a la plaza. Me senté en el mismo banco en el que lo había hecho para esperarla hasta el ese día. No recuerdo el clima que hubo, pero sí recuedo que cuando salió del colegio, ella estaba con su uniforme escolar. Su falda gris con tirantes en el pecho, su camisa blanca y su mochila a una costado. También recuerdo que tenía un chalequito rojo que le quedaba muy bien.
La seguí con la mirada hasta que ingresó a la tienda de su mamá. Muchos alumnos paseaban mientras mi corazón se inquietaba al ritmo del paso del tiempo. Las personas empezaron a ser mas escasas. Pocas quedaban en el lugar. Ningun escolar. Oscureció y no salía. Llegué a pensar que se había ido en algún momento sin que yo me percate. Por primera vez en mucho tiempo decidí ingresar a la tienda. El cuerpo me temblaba de solo pensar que tendría que hablar con su mamá. Mil cosas pasaron por mi cabeza. Tomé la decisión. Me puse de pie y enrumbé en su busca. Habré dado dos pasos cuando ella se asomó y me hizo una señal para seguir esperando. Aliviado, retomé mi lugar en el banco decidido a seguir esperando. Pregunté la hora y me dijeron que eran las 8.25. Sin duda, la paciencia me llegaba del cielo. Media hora después, ella, finalmente, salía de la tienda.
Caminamos hasta el límite invisible del que les conté. Detenidos frente a frente, le dije que me diera su respuesta. Me miró algo triste. Bajó la mirada y sonrió de manera nostálgica. Mi corazón volvía a latir de manera acelerada. No pude decirle nada más. Cuando levantó la mirada, su rostro expresaba resignada calma. Yo esperaba su respuesta. Esos segundos me parecieron una eternidad. Dio un paso hacia atrás con intención de salir corriendo. Mis manos y mis brazos no se podían mover. Ella empezó a girar lentamente con dirección a su casa. Cuando el primer pie avanzó, dejó escuchar un leve sonido casi imperceptible. Al momento que entendía el monosílabo, mis brazos cobraron vida y se lanzaron en su busca. Antes de que salga corriendo, pude tomarla suavemente por el antebrazo. Ella fingió resistencia, a la vez que su mirada se clavaba en el suelo. Le pedí que repitiera lo que escuché.
- Sí, te acepto.
jueves, 24 de abril de 2014
Origen del castellano
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sábado, 19 de abril de 2014
Almas gemelas...
Cada mañana,
en la que el sol se descubre por el horizonte,
una llamada desde no sé dónde
hace que mis pies se descubran
y se asienten sobre mis sandalias.
Un paso tras otro.
Una mano que se encuentra con mis cabellos
mientras mis ojos empiezan a contemplar el nuevo día.
Sentado en la cama,
lo primero que veo
desde hace casi seis años,
es la dulce evolución
de una niña
que llegó desde sabe Dios qué lugar
para adueñarse de mi soledad.
Me acerco lentamente
y siento que eres tú la que me absorbe
en un abrazo infinito
mientras sigues dormida.
Me inclino hacia ti
mientras mis manos vuelan al encuentro con tu rostro.
Imperceptibles,
en ti, una mueca de sonrisa,
que solo yo sé descubrir
y unos ojos míos de lágrimas desbordantes
que solo tú sabes percibir,
se encuentran en un silencioso rito
que nos transforma en almas gemelas
siempre buscándonos,
siempre encontrándonos.
en la que el sol se descubre por el horizonte,
una llamada desde no sé dónde
hace que mis pies se descubran
y se asienten sobre mis sandalias.
Un paso tras otro.
Una mano que se encuentra con mis cabellos
mientras mis ojos empiezan a contemplar el nuevo día.
Sentado en la cama,
lo primero que veo
desde hace casi seis años,
es la dulce evolución
de una niña
que llegó desde sabe Dios qué lugar
para adueñarse de mi soledad.
Me acerco lentamente
y siento que eres tú la que me absorbe
en un abrazo infinito
mientras sigues dormida.
Me inclino hacia ti
mientras mis manos vuelan al encuentro con tu rostro.
Imperceptibles,
en ti, una mueca de sonrisa,
que solo yo sé descubrir
y unos ojos míos de lágrimas desbordantes
que solo tú sabes percibir,
se encuentran en un silencioso rito
que nos transforma en almas gemelas
siempre buscándonos,
siempre encontrándonos.
lunes, 17 de febrero de 2014
La caperucita roja
El miércoles 16 de mayo de 1703, un septuagenario Charles Perrault daba su último aliento y París sería el lugar elegido por el destino para el fatal desenlace de una persona que iluminó el mundo con mágicas obras que hasta el día de hoy son alabadas por grandes y chicos.
Jamás imaginé que un cuento publicado hace mas de 300 años podía ser leído cada noche a una criaturita y ésta nunca cansarse de ello.
Así fue. Marghiorie, mi pequeña hija de 5 años (casi 6), que escucha cuentos desde el vientre de su mamá, hizo de este cuento, 'La caperucita roja', de Charles uno de sus favoritos. La rutina era al principio leerle solo uno. No sé en que momento de su corta historia me convenció de aumentar dicha contidad en 300 %, lo que sí sé es que desde hace algún tiempo ella y yo disfrutamos de unas lecturas infantiles cada noche antes de dormir.
La famosa niña de caperuza roja ingresó de modo insospechado en nuestras vidas.
La conversación previa a las nocturnas lecturas era sobre la elección de los cuentos para esa noche. En mi mente se dibujaba la posible respuesta de mi hija. Así que me dirigía a su biblioteca mientras le pedía que me diga que títulos serían los que leeríamos esa noche, suponiendo que dentro de los seleccionados estaría la niña predilecta de Charles Perrault. Ella comenzaba a recitar... primero 'Franklin va a la escuela', segundo 'Chimoc en la selva' y tercero 'La caperucita roja'. Así era el ritual cada noche. Una tras otra. Papá, primero 'Los tres chanchitos', segundo 'Los siete cabritos' y tercero 'La caperucita'.
Se subía a su cama, se colocaba a un costadito y me decía que me apure. Me pedía que me coloque del lado de la pared porque a ella le da frío estar en ese sitio. Me prestaba una almohada y los dos nos tapábamos. Ella hasta el cuello y yo hasta la cintura para poder manipular el libro.
Empezaba el ritual. Tenía que colocar a su alcance los tres libros. Luego, ella elegía el primero que debía leer.
Haber leído tantas veces sus libros me hacía bostezar de vez en cuando. Así que, a partir de eso, surgió una regla: PROHIBIDO BOSTEZAR DURANTE LA LECTURA.
Rara vez se quedaba dormida. Algunas veces sus ojitos vivarachos me miraban mientras narraba la historia de principio a fin. Otras veces miraba atentamente la secuencia de imagenes que ilustraban el libro.
Cuando Charles publicó en 1697 en 'Los cuentos de la mamá gansa' un curioso cuento sobre una niña con caperuza roja, jamás imaginó que mas de tres siglos después en un lugar llamado Barranca, una pequeña niña y su alopécico papá disfrutarían de esa historia una y mil veces.
Pero nuestra relación con el cuento no termina ahí.
Ayer por la noche, Adela, la mamá de mi Marghiorie, que por cierto no es muy debota de participar de nuestras tertulias nocturnas, fue elegida para leer nuestro cuento fetiche. El cerebrito de Adela recibió una dosis extrema de adrenalina y dopamina al saberse en un problema serio para ella. Con la cantidad necesaria de neurotransmisores para generarse una solución al dilema, encontró cómo salir del paso. Dijo a mi hija que ella ya estaba en la edad adecuada para poder leerse sola un libro. Mis ojos adquirieron la forma de dos huevos fritos. La miré como si hubiera dicho una barbaridad. Vi a mi hija y noté que ella tomaba el libro entre sus manitos y se acomodaba en la cama. Asumió el reto. Empezó... Érase una vez... mis ojos huevofritiformes continuaron igual, lo que cambió fue mi actitud. Terminó la primera hoja y pasó a la segunda. ...La casa quedaba en medio del bosque y su mamá... incliné mi cabeza ligeramente mientras mi mente regresaba casi seis años. Aquella primera vez que la tuve entre mis brazos, cuando la sentí tan pequeñita, indefensa y llorona. Hoy, casi seis años después, estaba presenciando un momento histórico para mí. Estaba presenciando su primera lectura de un cuento. Un cuento que fue publicado hace mas de tres siglos. Mas de 300 años hace que un hombre partió hacia la eternidad dejando en este mundo una historia que mi hija, hechada al costado de su mamá, mas de 300 años después, leería por primera vez, ingresando a un mundo que, espero, nunca mas deje.
Jamás imaginé que un cuento publicado hace mas de 300 años podía ser leído cada noche a una criaturita y ésta nunca cansarse de ello.
Así fue. Marghiorie, mi pequeña hija de 5 años (casi 6), que escucha cuentos desde el vientre de su mamá, hizo de este cuento, 'La caperucita roja', de Charles uno de sus favoritos. La rutina era al principio leerle solo uno. No sé en que momento de su corta historia me convenció de aumentar dicha contidad en 300 %, lo que sí sé es que desde hace algún tiempo ella y yo disfrutamos de unas lecturas infantiles cada noche antes de dormir.
La famosa niña de caperuza roja ingresó de modo insospechado en nuestras vidas.
La conversación previa a las nocturnas lecturas era sobre la elección de los cuentos para esa noche. En mi mente se dibujaba la posible respuesta de mi hija. Así que me dirigía a su biblioteca mientras le pedía que me diga que títulos serían los que leeríamos esa noche, suponiendo que dentro de los seleccionados estaría la niña predilecta de Charles Perrault. Ella comenzaba a recitar... primero 'Franklin va a la escuela', segundo 'Chimoc en la selva' y tercero 'La caperucita roja'. Así era el ritual cada noche. Una tras otra. Papá, primero 'Los tres chanchitos', segundo 'Los siete cabritos' y tercero 'La caperucita'.
Se subía a su cama, se colocaba a un costadito y me decía que me apure. Me pedía que me coloque del lado de la pared porque a ella le da frío estar en ese sitio. Me prestaba una almohada y los dos nos tapábamos. Ella hasta el cuello y yo hasta la cintura para poder manipular el libro.
Empezaba el ritual. Tenía que colocar a su alcance los tres libros. Luego, ella elegía el primero que debía leer.
Haber leído tantas veces sus libros me hacía bostezar de vez en cuando. Así que, a partir de eso, surgió una regla: PROHIBIDO BOSTEZAR DURANTE LA LECTURA.
Rara vez se quedaba dormida. Algunas veces sus ojitos vivarachos me miraban mientras narraba la historia de principio a fin. Otras veces miraba atentamente la secuencia de imagenes que ilustraban el libro.
Cuando Charles publicó en 1697 en 'Los cuentos de la mamá gansa' un curioso cuento sobre una niña con caperuza roja, jamás imaginó que mas de tres siglos después en un lugar llamado Barranca, una pequeña niña y su alopécico papá disfrutarían de esa historia una y mil veces.
Pero nuestra relación con el cuento no termina ahí.
Ayer por la noche, Adela, la mamá de mi Marghiorie, que por cierto no es muy debota de participar de nuestras tertulias nocturnas, fue elegida para leer nuestro cuento fetiche. El cerebrito de Adela recibió una dosis extrema de adrenalina y dopamina al saberse en un problema serio para ella. Con la cantidad necesaria de neurotransmisores para generarse una solución al dilema, encontró cómo salir del paso. Dijo a mi hija que ella ya estaba en la edad adecuada para poder leerse sola un libro. Mis ojos adquirieron la forma de dos huevos fritos. La miré como si hubiera dicho una barbaridad. Vi a mi hija y noté que ella tomaba el libro entre sus manitos y se acomodaba en la cama. Asumió el reto. Empezó... Érase una vez... mis ojos huevofritiformes continuaron igual, lo que cambió fue mi actitud. Terminó la primera hoja y pasó a la segunda. ...La casa quedaba en medio del bosque y su mamá... incliné mi cabeza ligeramente mientras mi mente regresaba casi seis años. Aquella primera vez que la tuve entre mis brazos, cuando la sentí tan pequeñita, indefensa y llorona. Hoy, casi seis años después, estaba presenciando un momento histórico para mí. Estaba presenciando su primera lectura de un cuento. Un cuento que fue publicado hace mas de tres siglos. Mas de 300 años hace que un hombre partió hacia la eternidad dejando en este mundo una historia que mi hija, hechada al costado de su mamá, mas de 300 años después, leería por primera vez, ingresando a un mundo que, espero, nunca mas deje.
miércoles, 5 de febrero de 2014
EL PÁRRAFO
EL PÁRRAFO
La Real Academia de la Lengua Española define al
párrafo como: "Cada una de las divisiones de un escrito señaladas por
letras mayúsculas al principio del renglón y punto y aparte al final del trozo
de escritura". Puede contener varias oraciones o frases.
El párrafo es un conjunto de oraciones que unidas desarrollan una
idea temática o subtema del texto. El conjunto de párrafos, a su vez, conforman el texto y permiten desarrollar su tema central.
Tipos de párrafo
Los tipos de párrafo se pueden clasificar desde diversas variables:
Temática
Técnica narrativa
Lógica de pensamiento
Párrafo de desarrollo de un tema
Puede ser científico, periodístico, literario, filosófico,
psicológico, etc.
Párrafo de técnica narrativa
Puede ser descriptivo, narrativo, dialogado, etc.
Párrafo de pensamiento
Puede ser párrafos de enumeración, de jerarquización (orden
cronológico, de mayor a menor, de más importante a menos importante), párrafo
de comparación – contraste, párrafo de relación de ideas, párrafo de causa –
efecto, etc.
A continuación, el texto presentado permitirá analizar cada párrafo y establecer en cada uno la idea temática y en su conjunto un tema general.
EL NIÑO CALVO
Santiago
Roncagliolo
Si
usted tiene hijos pequeños, probablemente esté familiarizado con los exitosos
dibujos animados de Caillou. Caillou es un niño sin pelo, muy dulce y cariñoso,
que en cada capítulo descubre cómo ser feliz junto a su adorable familia. Pues
bien: odio a ese miserable.
Caillou
jamás grita ni pierde la paciencia ni hace berrinches. Si llueve, se queda
jugando en casa. Si no le gustan las verduras, imagina que son golosinas. Si su
hermana quiere un juguete, se lo presta. Mis hijos no son así. Cuando quieren
algo, berrean. Y se pelean por los juguetes. Y se ponen de mal humor cuando no
salen de casa. Así que cuando veo a Caillou, me pregunto: ¿Habré hecho algo
mal? ¿En qué me he equivocado? ¿Por qué mis hijos son peores que un maldito
dibujo animado?
Por
no hablar de los padres. Los padres de Caillou no pierden la paciencia ni por
un minuto. Jamás discuten. Siempre tienen una idea ingeniosa de un nuevo juego
educativo, que su pequeño recibe con alborozo. Y encuentran magia en cada
detalle de la vida cotidiana. Una vez, mi esposa y yo estábamos discutiendo
ferozmente y tuvimos que disimularlo porque llegaban los niños. Para no tener
que hablarnos –porque en ese momento no nos soportábamos– pusimos a Caillou.
Frente a nosotros aparecieron esos padres perfectos, llenos de paciencia, que
jamás tenían desacuerdos ni alzaban la voz. Yo me sentí como una cucaracha.
Usted
se preguntará por qué, si detesto tanto a Caillou, no apago el televisor. Pues
porque no se puede. Los niños lo quieren. Lo piden. Lo exigen. Pueden soplarse
diez capítulos seguidos de sus aventuras (y digo “aventuras” por llamarlas de
alguna manera, porque nunca pasa nada). Yo intento proponerles alternativas,
como (…) Dora la Exploradora. Pero los chicos adoran a ese niño calvo y
repelente.
Comprendo
que Caillou pinta un mundo ideal a la medida de estos niños. Eso es lo que
buscamos en la ficción. La protagonista de las telenovelas es una campesina
pobre que trabaja como empleada doméstica, pero siempre rubia, alta y con
acento venezolano. James Bond nunca se despeina ni se moja ni pierde la flema
inglesa. Todo eso es imposible, pero da igual: los espectadores queremos ser
rubias con acento venezolano o agentes secretos elegantes. No queremos ver la
realidad en la pantalla, sino nuestros sueños. Y si tienes dos años, tu máximo
anhelo es que tu papá te lleve al jardín y te regale una pelota.
Pero
si tú eres el papá, Caillou es una impúdica exhibición de tus imperfecciones,
un innecesario despliegue de crueldad, un espejo cuyo reflejo es mucho mejor
que tú.
Por
ello, cuando estoy en un entorno adulto, cobro venganza. Frente a mis amigos,
dedico a ese niño calvo una batería de bromas crueles, sarcasmos y mofas, con
el único fin de devolverle toda la bilis que él me produce. La última vez que
lo hice, en una cena, un amigo me respondió:
–
¿Sabías que tiene cáncer?
–
¿Quién tiene cáncer?
–Caillou.
Por eso es calvo. La serie trata de reforzar la idea de que es posible ser
feliz aun en las circunstancias más amargas. Y su objetivo es animar a los
niños que sufran enfermedades.
Un
silencio de reprobación se extendió a mi alrededor. Y yo no volví a abrir la
boca en tres días.
Total,
que llevo tres días tratando de saber si Caillou está enfermo de verdad. Al
parecer, es sólo un rumor. Nadie lo confirma ni desmiente oficialmente. Las
redes sociales hierven en debates al respecto. Me inclino a creer que es sólo
una alopecia temporal. En cualquier caso, ese niño ya ha conseguido lo que
quería: ahora no sólo me siento como un padre imperfecto. También soy un
canalla sin sentimientos.
Publicado
el 10 de marzo del 2013. Citado el 05 de enero del 2014
Citado el
05 de enero del 2014
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