viernes, 30 de junio de 2017

La identidad

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¿Quiénes somos?
Identidad, una palabra simple de pronunciar, pero, a la vez, con gran significación. Muchos la han escuchado, sin embargo, pocos saben lo que significa. Según el diccionario, es la conciencia de ser uno mismo y diferente a los demás. Entonces, yo les pregunto: ¿Qué los hace diferentes a los demás? ¿Sus ojos? ¿Su cabello? ¿Su sonrisa? ¿Tal vez su posición social o su color de piel?
Hay personas que se sienten diferentes por lo que llevan fuera. Yo pienso que lo que nos hace parecidos o diferentes es lo que llevamos dentro. El ser honestos, el ser amables, el ser responsables o el amor por tu patria. No importa si en tu país o en tu localidad hay playa o hay nieve. No importa si en tu región se zapatea un buen huayno o se baila un reggaeton lento. El hecho de que me guste algo diferente a lo que te guste a ti, no hace que yo sea menos peruano.
Lo que nos debe unir como hermanos, lo que debe servir para identificarnos en el mundo, no es el pisco o el ceviche, debe ser la forma respetuosa en que nos tratamos y tratamos las manifestaciones culturales de los demás pueblos.
No podemos aspirar a la grandeza si antes no aprendemos a vivir en armonía y paz.
Hoy, los invito a todos ustedes, a que reflexionen sobre lo que somos los peruanos. Yo deseo que seamos reconocidos como una gran nación. Una nación que, a pesar de sus diferencias, sabe basar su identidad en el respeto a todas las sociedades y culturas diferentes a la nuestra.

Es mi mayor sueño.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Mi primera decepción amorosa

Ella era de estatura baja y piel blanca. El cabello se lo dejaba corto, con una colita atada con una cinta. Su deporte favorito siempre fue el vóley. Nos llevaba a la playa por las mañanas para acompañarla en sus rutinas. Se ataba unas bolsas con arena a los tobillos para que los resultados de sus esfuerzos en sus ejercicios sean mayores. Casi siempre estaba riéndose de las cosas que pasaban. Cuando mamá la reñía era el único momento en que se ponía seria.
No recuerdo el momento exacto en que María llegó a la casa. En cambio, lo que viene a mi memoria son aquellas interminables épocas en las que por las noches, cuando se iba la luz por las constantes explosiones que los terroristas provocaban, todos la rodeábamos en torno a la mesa para que ella empezara a contarnos muchas historias. Su voz era melodiosa y la modulaba de acuerdo a lo que el relato requería. Cuando empezaba a narrar, toda la realidad desaparecía. Su voz abarcaba tal musicalidad que sola, podía generar suspenso, rabia, miedo o alegría. No podías ir a ningún lado porque la magia de la historia te absorbía.
Las explosiones de las bombas eran temidas por todos mis amigos en el barrio Ferrocarril: El Chino, el Wawa, Epa, Reve, el Muelón, todos ellos las temían porque por su culpa, debían volver a sus casas, yo las amaba, también iría a casa y María nos contaría una historia.
Nuestra mesa se encontraba en el medio de la casa. Sus cuatro patas eran de fierro unidas a un armazón sobre el cual descansaba el tablero rectangular de melamine marrón que tenía bordes de aluminio plateado. Para llegar a ella, debíamos atravesar un callejón de diez metros que dividía la casa en dos partes. Él daba a una ramada que usábamos de comedor. Mamá la había acondicionado durante el verano para aprovechar el poco viento que durante esa época nos podía refrescar. Le quedó tan bien que decidió hacerla permanente. La cocina estaba ubicada al lado derecho de mi habitación. Frente a ella se encontraba el baño y entre ellas la habitación de mis hermanas y la de mis padres. En en centro de todas estas estaba la mesa. Una banca larga, medio endeble nos permitía acomodarnos a tres de nosotros, para los demás existían sillas de junco o baldes a los que le dábamos vuelta para poder ubicarnos. El sitio de honor, el centro de la banca, le correspondía a María.
Todos guardábamos silencio y María empezaba... Había una vez... en algunas ocasiones eran historias sobre las aventuras de su papá, que vivía en una chacra y que tuvo la suerte de derrotar una infinidad de veces al diablo. Otras, cuando mis padres no estaban, nos contaba sobre sus pecaminosos amores con el Chato, aquel diminuto enamorado de muy mal humor que la hacía pasar por mil decepciones pero al que siempre terminaba perdonando y reconciliándose haciendo el amor de múltiples formas.

Un día, María salió de noche, tenía una reunión con el Chato. La vi muy ilusionada. Siempre que salía a ver a su enamorado, irradiaba felicidad, verla era agradable porque con sus bromas y ocurrencias nos arrancaba muchas carcajadas. No sé a qué hora regresó, estuve dormido en el mueble que había en el cuarto de mis padres. Me despertaron unos sollozos. Me froté los ojos mientras me adaptaba a la penumbra. Agucé el oído para poder saber lo que conversaban. María era la que lloraba, parecía que su relación había llegado a su fin, según pude escuchar, el Chato la trató mal. Él la estuvo engañando, ella se había enterado por una amiga antes de que se encontraran y, cuando lo vio, le reclamó todo. Ella deseaba que se lo niegue pero él se lo confirmó. Le dijo que si ella deseaba podían seguir, la única condición era que acepte la relación que él tenía. Ella se puso a llorar. Le dijo que no podía hacerle eso, que lo amaba, que todo su mundo giraba en torno a él. El Chato ni se inmutó. Le dijo que lo piense y le pidió que se vaya.
Mamá la abrazaba por los hombros, María estaba encogida en su llanto. Las lágrimas caían y sus ahogos se hacían más evidentes. Mientras la escuchaba, imaginaba que era otra de sus historias. Sentía la misma musicalidad. Toda la realidad empezó a desaparecer. María, sin desearlo, me había contado su mejor historia. Cada detalle se dibujó en mi mente gracias a sus palabras. Ella lloraba y yo, su eterno oyente, hasta hoy, sigo viajando en medio del recuerdo de esa historia, a ese mundo en el que a ella le tocó ser un personaje que, por desgracia del destino, tuvo que padecer un triste desenlace. Hoy, años después, siempre recuerdo su relato como mi primera decepción amorosa.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Al ministro Saavedra...

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Leo muchos mensajes que manifiestan alegría de que Saavedra salga del ejecutivo. Están en su legitimo derecho. En una democracia, es permitido verter opiniones que apoyen o censuren hechos. Mi idea sobre el particular es que el fujimorismo, por su aplastante mayoría, y dentro de una sociedad sometida al estado de derecho, ha ejercido lo que la ley le permite. Lastimosamente, lo que los guía no es el honor ni menos el amor al Perú, nada más alejado de la realidad. Para meterse en política se debe tener bien en claro lo que se desea y ellos tienen muy en claro eso.
El Perú no merece gente como esa, pero como sociedad, desde la esquina en la que me desarrollo, la docencia, sé que nos falta mucho para que formemos una sociedad ética, justa y solidaria.
Mucha gente se llena la boca vociferando contra los que defendemos las reformas impuestas por Saavedra. Estoy totalmente de acuerdo con esos cambios, eso le molesta a mucha gente. Les gustaría que regrese todo a ser como antes. Les digo que eso jamás sucederá con Saavedra o sin él. Al menos en este gobierno.
Se le retirará por lo que significa. No me hablen de corrupción quienes nunca han trabajado éticamente en sus puestos. Otros, pocos honestos que han ocupado cargos públicos, saben que el monstruo de la corrupción es muy grande. Es enorme. No solo funcionarios, también prensa, empresarios, y no sigo. La corrupción, en nuestro país ha dejado su exclusividad en esos ámbitos y ha llegado a la conciencia de los ciudadanos.
Si ser padres podría compararse con una función pública, sería muy sencillo darse cuenta de qué tan arraigada está la corrupción en nuestras conciencias.
Ahora, yo hago una pregunta pública, si te molesta tanto vivir en una sociedad tan corrupta, por qué no haces algo por mejorarla. Cada uno de nosotros está en este mundo para aportar con hechos, para contribuir a hacer este país mucho mejor.
Yo soy un convencido de que podemos transformarnos en un país que no solo obtenga excelentes resultados en todo lo que hagamos sino en un país en el que podamos vivir como hermanos.
¿Es sencillo? No. Claro que no es fácil, pero la dificultad no está la meta, la verdadera dificultad está en cambiar nuestra forma de pensar. Dejar de vivir y de pensar de manera mediocre, limita y rastrera.

sábado, 17 de enero de 2015

¿Consumismo en Cuba?

Hace pocas semana, en el mundo se dio la noticia de que USA y Cuba empiezan a retomar sus relaciones. Tuvieron que pasar más de 50 años para que el bloqueo económico y social empiece a derribarse. Un pueblo que, según todos mis docentes de la univesidad, aprendió a sobrevivir y a desarrollar muchas áreas que en Latinoamérica no se han podido alcanzar: SALUD y EDUCACIÓN. Cuba es un país que posee 1 médico por cada 170 habitantes (inpensable aquí en Perú) y cuyo presupuesto en Educación al 2010 era de 12.8%, el más alto del mundo. Exporta al mundo poca materia prima, en cambio, su nivel de exportación de talento es elavadísimo. Esto habla de la tarea en cuanto a su dedicación en favor de su sociedad.
USA empezará a invertir en Cuba. Se terminará abriendo el mercado para que Cuba se transforme en un nuevo polo comercial en el mundo. Ahora, Cuba se mantuvo alejada de la sociedad de consumo por cinco décadas.  Esto es, la bateria publicitaria que utiliza el comercio mundial no trabajó en Cuba. Por el contrario, las nuevas generaciones de cubanos se educaron en el socialismo más humano. Bien, 50 años en que el pueblo cubano se orientó a la labor social de su pueblo serán suficiente para que esa misma sociedad cubana afronte con determinación el pronto bombardeo publicitario que les pedirá que compren productos que no necesariamente necesiten. Mi cuestionamiento es que qué tan preparada está Cuba para poder resistir la maquinaria publicitaria mundial.
Hoy, el consumismo radical se ha apoderado de nuestras sociedades. Compramos cosas que la mayoría de las veces no necesitamos. Al respecto, Galeano tiene un ensayo muy interesante: 'Por qué todavía no me compré un DVD' http://www.aporrea.org/actualidad/a47334.html Los pueblos que por su apertura en temas sociales, políticos y económicos vivieron influenciados por este fenomeno publicitario, hicieron de sus ciudadanos máquinas de hacer compras.
Mi pregunta es que si el pueblo cubano permitirá que su propia sociedad caiga en las redes del consumismo en el que se encuentra el mundo. ¿Están preparados? La prueba que les espera es difícil. Ser el país con el presupuesto en educación más alto del mundo y que sus médicos recorran el mundo apoyando en causas humanitarias no es garantía de que dentro de 20 años no veamos a empresarios inescrupulosos que se llenen los bolsillos con artimañas. Y cuando los medios televisivos abran sus puertas a programas morbosos como en nuestras sociedades, cómo le harán frente los cubanos. Será sufiente los 50 años de aislamiento del mundo.  El tiempo será testigo de este nuevo despertar. Esperamos que los cubanos estén a la altura de lo que significaron estos 50 años de ejemplo para el mundo. Así sea.

viernes, 12 de diciembre de 2014

sábado, 8 de noviembre de 2014

Adiós a las navidades...

Era temprano, salí de mi habitación y me dirigí a la sala. El mueble rojo estaba pegado a la pared, frente al televisor. Me senté en un extremo y estuve en silencio sin decidirme a encenderlo. Habrían pasado unos 10 minutos, absorto en mis pensamientos, cuando ingresaron mis padres. Era fines de noviembre y ya se sentía la navidad por todos lados. Mamá y mis hermanas decoraron la casa con los adornos de la época que tenían de años anteriores. Recuerdo que el árbol era de un palo de escoba que ella misma había forrado con papel metálico plateado y las ramas estaban confeccionadas de fierros forrados de igual  manera, con ciertos detalles que lo asemejaban a las hojas. El nacimiento tenía mejor presencia. En esto, yo les había ayudado. Conseguimos unas cajas en la tienda de don Cruz y mamá compró papeles navideños en el mercado. Solo tres porque el presupuesto no era muy bueno. Todo lo colocamos sobre una mesita y lo pegamos en un rincón. El árbol se colocó a un costado. Imaginaba por dónde entraría Papá Noel, si no teníamos chimenea. Mis padres se detuvieron frente al nacimiento. Parece que no se percataron de que yo estaba allí. Hablaban de muchas cosas. no recuerdo cuáles. Hace algunos meses, paseando por el mercado con mamá, vi un carrito azul con llantas negras enormes. Desde ese día, no dejé de pensar en que Papá Noel debería traerme uno. Por eso cuando noté que no teníamos chimenea, me preocupé. Revisaba toda la habitación con la mirada mientras mis padres conversaban sus cosas. Miraba el nacimiento y el árbol. Empecé a recorrer el techo. Mis ojos se hicieron enormes cuando vi una pequeña abertura en una esquina. Era muy pequeña y según había visto, Papá Noel era muy gordo. Ni yo podría pasar por allí. Y si ponía una notita por la parte de afuera en la que pedía a Papá Noel que pase mi regalo por el agujero y lo descienda con una pitita. Yo no me molestaría si no lo encuentraba al pie del árbol. ¿Y si Papá Noel no trae una pitita? Entonces, tengo que adicionarle una pitita a la nota. Esa parte esta solucionada. Ahora,  cómo llego al techo sin que mis padres se enteren y sin que me descalabre en el intento. Eso no sería tan sencillo. Podría hablar con don Walter para que me preste su escalera. Solo tendría que esperar a que mis papás salgan de casa e ir a convencer a don Walter. Le diría que mi pelota - la que no tenía - se fue al techo. La escalera era grande, no podría traerla yo solo. Tendría que decirle a don Walter la verdad para que me ayude. ¿Y si no quiere hacerlo? Bueno, tendría que hacer un trato con él. Le voy a pedir un regalo para él también. Pero debe ser pequeño para que pase por el agujero del techo. Espero que Papá Noel entienda. Mamá y papá seguían conversando sin notar mi presencia. Papá la abrazó tiernamente. Me pareció que ella lloraba. Parecía que a papá lo iban a sacar del trabajo. Pero, eso no era para preocuparse porque él conseguiría otro. Mamá seguía llorando. Papá dijo algunas cosas que me desconcertaron. "Este año no podremos comprarles regalos a los chicos". Lo quedé viendo algo confundido. Sentí que mi corazón empezaba a latir con fuerza. Algo no estaba bien. Por qué decían eso si ellos no eran los encargados de los regalos. Miré el agujero y sentí que se hizo mucho mas pequeño de lo que era. Mis papás salieron de la habitación. No podía moverme. El cuerpo me temblaba. La escalera de don Walter se me hacía tan inmensa que creía que ni él podría cargarla. Y que no lo haría ni por todos los regalos del mundo. Esa navidad, me quedé despierto en mi cama. Quería demostrarles que Papá Noel vendría. Dieron las 12 de la medianoche. Me cubrí totalmente. Nada. De repente, se escucharon unos ruidos extraños en el techo... Cerré los ojos, no quise saber lo que estaba pasando. Cerré los ojos. No quise saber de nada.

lunes, 12 de mayo de 2014

Anita

Recuerdo que ella tenía 14 y yo 15. Nos conocimos por intermediación de un amigo. Yo jamás había tenido una enamorada y ella tampoco. Nos gustábamos pero la inexperiecia me hacía no decidirme a decirle lo que sentía y así formalizar nuestro amor.
Siempre la iba a recoger a la hora de salida de la escuela. Su mamá tenía un negocio en la Plaza Mayor. Ella la visitaba todos los días. Entraba, y como yo era algo tímido me quedaba esperándola afuera. A veces, demoraba hasta 2 horas. Yo no me hacía problemas. Bueno, en realidad me incomodaba un poco, sobre todo cuando hacía frío y llovía.
Una vez le conté a mi hermana mayor mi desventura. Ella me dijo que simplemente se lo diga, que las mujeres a veces se aburren cuando un hombre no le dicen las cosas.
Armado de valor, la busqué al día siguiente. Estuve muy nervioso. Ella estaba como siempre. Tranquila. Este día demoro menos. Unos 20 o 25 minutos. Me dijo qque tenía que presentar un trabajo al día siguiente y que tendríamos que irnos rápido. No había tiempo que perder. Llegamos hasta la esquina de su casa que marcaba el límite invisible de nuestra caminata juntos. La detuve y recuerdo que yo temblaba mucho antes de decírselo. Ella me miraba fijamente algo incómoda, ansiosa a la vez. Tomé todo el aire que pude y en la exhalación solté algunas palabras que iban cargadas de todo lo que siempre había querido decirle. Finalmente, se lo dije. Sus ojos expresaron sorpresa absoluta. Me miró y me dijo que lo pensaría. Que me daría la respuesta el miércoles. Era lunes.
Miércoles por la tarde. Serían las 3 y yo ya estaba listo. Ella saldría a las 6.30. Fui a esperarla a la plaza. Me senté en el mismo banco en el que lo había hecho para esperarla hasta el ese día. No recuerdo el clima que hubo, pero sí recuedo que cuando salió del colegio, ella estaba con su uniforme escolar. Su falda gris con tirantes en el pecho, su camisa blanca y su mochila a una costado. También recuerdo que tenía un chalequito rojo que le quedaba muy bien.
La seguí con la mirada hasta que ingresó a la tienda de su mamá. Muchos alumnos paseaban mientras mi corazón se inquietaba al ritmo del paso del tiempo. Las personas empezaron a ser mas escasas. Pocas quedaban en el lugar. Ningun escolar. Oscureció y no salía. Llegué a pensar que se había ido en algún momento sin que yo me percate. Por primera vez en mucho tiempo decidí ingresar a la tienda. El cuerpo me temblaba de solo pensar que tendría que hablar con su mamá. Mil cosas pasaron por mi cabeza. Tomé la decisión. Me puse de pie y enrumbé en su busca. Habré dado dos pasos cuando ella se asomó y me hizo una señal para seguir esperando. Aliviado, retomé mi lugar en el banco decidido a seguir esperando. Pregunté la hora y me dijeron que eran las 8.25. Sin duda, la paciencia me llegaba del cielo. Media hora después, ella, finalmente, salía de la tienda.
Caminamos hasta el límite invisible del que les conté. Detenidos frente a frente, le dije que me diera su respuesta. Me miró algo triste. Bajó la mirada y sonrió de manera nostálgica. Mi corazón volvía a latir de manera acelerada. No pude decirle nada más. Cuando levantó la mirada, su rostro expresaba resignada calma. Yo esperaba su respuesta. Esos segundos me parecieron una eternidad. Dio un paso hacia atrás con intención de salir corriendo. Mis manos y mis brazos no se podían mover. Ella empezó a girar lentamente con dirección a su casa. Cuando el primer pie avanzó, dejó escuchar un leve sonido casi imperceptible. Al momento que entendía el monosílabo, mis brazos cobraron vida y se lanzaron en su busca. Antes de que salga corriendo, pude tomarla suavemente por el antebrazo. Ella fingió resistencia, a la vez que su mirada se clavaba en el suelo. Le pedí que repitiera lo que escuché.
- Sí, te acepto.